Lamento mi nueva ausencia. Empiezo a pensar en reducir mis filosofías a una vez a la semana. Sorprende cuánto cree que tiene que contar una persona y cuán difícil es encontrar las palabras cuando se obliga a sí mismo a exponerlas.
Hoy iba a ducharme y, debido a que estaba helada y el calentador no iba (dirán que el agua fría es buena para la circulación, pero dudo que la sangre en cubitos sea la mejor opción). Así que si no llega a chafarse, tampoco me habríais visto hoy. Supongo que el destino me obliga a ser fiel a mi horario.
De todas formas, seré breve: La convivencia es chunga en muchos casos. Cuando vives en una residencia con los baños fuera de tu habitación, no hay nada peor que encontrarte la puerta del baño cerrada. Más concretamente, cuando el vecino se deja la puerta cerrada cuando él ha salido. Es una situación comprometida, ya que tú llamas creyendo que hay alguien (no conozco a nadie, salvo las parejas ya casadas, que dejen la puerta del baño abierta mientras hacen lo que tengan que hacer) esperando escuchar "Ocupado" o algo similar. Sin embargo, no oyes nada. Abres la puerta para comprobar si hay pestillo echado y nada. Y ves que el baño está cerrado pero sin nadie. Es frustrante.
Uno puede soportar muchas cosas, entre ellas la música alta (la clásica estratagema de los cartones de huevos-insonorizador puede dar el pego. El que uno traiga a una pareja a casa o rollete para liarse y todo eso, sobre todo si es considerado y te trae una para ti. Miras con recelo que deje el retrete con un recuerdo suyo. Pero la sensación de llamar a la puerta cerrada de una habitación vacía que te hace quedar como un cenutrio porque, excepto el que la dejó cerrada, nadie sabe que está vacía. Y si no tienes prisa normalmente te das la vuelta y esperas pacientemente haciendo otra cosa hasta que escuches la cisterna u oigas la puerta abrirse.
Haré de esto un diálogo semanal. Hasta entonces nos vemos más tarde.
jueves, 15 de abril de 2010
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